Presentamos algunos escritos de Juan Diego con algunas de sus reflexiones más profundas y tomadas del DIARIO GENTIUNO DE VENEZUELA

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Venezuela

Los intereses particulares hacen olvidar fácilmente los públicos
Montesquieu
Hubiera querido empezar estas líneas con un mensaje de optimismo, que brinde al menos un sorbo de esperanza anestésica; sin embargo, cada día me convenzo más que, mientras no empecemos a sentir el ardor de nuestra pandemia, sólo nos iremos acostumbrando a vivir bajo la angustia de la amenaza y la ansiedad colectiva, con muy poca transformación.
Insistir sobre las dificultades económicas es redundar sobre un mar de opiniones de especialistas, que basan nuestra situación en cifras y pronósticos, señalando nada más que el síntoma agudo de la verdadera enfermedad. Pero una vez más pretendemos hallar la salida de la crisis sin profundizarla, o por lo menos tratar de entender de donde se deriva esta agonía lenta. En mi opinión aún queda mucha tela por cortar, porque el cambio que puede movilizar un proceso de transformación únicamente se genera desde la conciencia individual: empezar a construir país desde adentro; sólo allí se abre la puerta para hacer el verdadero camino de una patria; pero mientras esté el país afuera de nuestro sentir, se seguirá a la espera de que alguien venga a hacer el trabajo que nunca hemos querido hacer.
El término enchufados es una biopsia exacta, que arroja un resultado certero: ¡metástasis!, en nuestro país están enchufados más de los que creemos; no son los de un sólo sector, es un grupo mayúsculo que siempre ha querido estar en la rosca, en el chanchullo, de hacer del Estado un cáncer nutrido por nuestra viveza, nuestra forma vaga del facilismo que apunta a la devaluación de la conciencia y del valor como posibilidad.
Hoy hablamos con ligereza acerca de una detonación social. Conceptos como el de guerra civil parecieran, a veces, un deseo activo para aliviar nuestra angustia, y de una vez hallar una supuesta salida sin mojarnos los pies; en ocasiones he llegado a escuchar frases como: que se mate el pueblo, que la sangre corra de una vez para salir de esta pesadilla… Quisiera pensar que son producto de la desesperación de nuestra crisis y no de la sinceridad de un sentir…
Los que somos descendientes de inmigrantes que huyeron de las guerras que sacudieron el siglo anterior, les podemos decir con propiedad que lo que ellos sufrieron en carne propia no puede ser una posible salida: familias desmembradas, hambre, sufrimiento y seres que nunca volvieron, y que marcaron la vida de muchos de nuestros ancestros. Cuando hablamos con tan franca ligereza, sólo hablamos desde el desconocimiento absoluto de lo que es una guerra. Si la masa colectiva despierta al resentimiento y el hambre, todos, absolutamente todos, estaremos bajo la metralla de la muerte.
No será un año fácil, sin embargo, estoy convencido de que algo en nuestra conciencia se ha podido gestar en estos tiempos, les puedo asegurar que todos somos presos de la misma situación; pero debemos aceptar que existen dos visiones y formas de país que requieren conocerse, para hallar caminos en común (pero no con diálogos de cúpulas, sino de las bases mayoritarias) más allá de las inclinaciones ideológicas. Es necesario mantener en el horizonte un camino para la elaboración de un nuevo pacto social, para de una vez poner manos a la obra en una nueva esperanza llamada: VENEZUELA .

Nuestra Venezuela

Hoy, bajo el insomnio angustioso, de una noche en la que los recuerdos danzan sin remedio, quiero dedicar mi columna a nuestro país, ése que a pesar de la distancia sigue presente y vivo en mi corazón. Hace más de tres años que no resido en Venezuela. Sin embargo parte de mis seres amados siguen allí, intentado, a pesar de las circunstancias, seguir haciendo camino bajo la esperanza de que aún existe una posibilidad fértil de convocar y realizar sus sueños. No quiero entrar en análisis políticos de los que abundan de lado y lado, y que excitan nuestras pasiones humanas y válidas, pero que muchas veces nos llevan a un estado de frustración crónico que puede generar una gran depresión masiva. No obstante, tras esta profunda crisis debemos ver un poco más allá del síntoma en el cual estamos inmersos, meternos con valor hacia la profundidad del entendimiento y el para qué de estos últimos años, los cuales pueden haber generado un despertar muy sabio que hoy puede estar cercano a revelarse. Existe en el colectivo un inconsciente social que proviene de nuestra herencia y formación cultural. Quizás sea silente, incluso asintomático, pero está presente. Este inconsciente pocos lo estudian, y por supuesto genera mucho ruido si lo investigamos a fondo ya que en él se encuentra nuestra parte más oscura, la que negamos, pero muchas veces es la que nos lleva de la mano; tiene la fuerza de atraer de una manera precisa, un esquema político y un liderazgo que convoque fenómenos históricos como el que vivimos.

Si se hiciera el análisis psicológico de una sociedad, sería muy fácil determinar qué es lo que la Historia determinará para cada pueblo porque justo allí, en esa parte profunda y oscura, se hallará un grito que solo requiere ser escuchado por algún liderazgo que convoque a la totalidad de lo que somos, incluyendo, nuestros propios complejos, que requieren ser reflejados y acariciados. Muy claro lo expresó el Psiquiatra C.G. JUNG: Las multitudes siempre se alimentan de “epidemias psíquicas”.


Este tránsito, que quizás nos parezca eterno, es un regalo maravilloso para una nueva consciencia que empieza a despertar y aunque ahora nada más podamos ver la punta del Iceberg, en la profundidad de nuestra psique colectiva empiezan a resonar nuevas formas que tendrán la fuerza suficiente de una convocatoria amplia de un nuevo pensamiento social. Por supuesto, como toda gestación, el proceso es requerido y sabio para llevarnos a un parto que tiene un tiempo perfecto. No podemos provocar un nacimiento prematuro porque sus posibilidades de supervivencia serán muy pocas; requerimos asumir con fuerza, paciencia, fe que la patria va a parir, de una manera natural y que como todo parto, habrá dolor y sangre.
Pero esa hija llamada Venezuela, una vez en nuestros brazos, conjugará la esencia justa de la vida que no es otra que la compensación de abrir los ojos una mañana y decir, valió la pena.
La paz es una posibilidad, mas requiere de muchas batallas para alcanzarla, vendrán nuevos tiempos, nuevos sueños y sobre todo un pacto social amplio, inclusivo y de franca reconciliación, que abrace la pluralidad de nuestros pensamientos, con la fuerza contundente de convocarnos a todos y así alzar en brazos a nuestra nueva Venezuela.
Mil bendiciones, hasta un próximo encuentro.

Perdón

Cuando entramos en la recta final del año, requerimos un espacio profundo de revisión; un refugio para evaluar francamente; para hallar mecanismos ciertos que puedan llevarnos a procesos fértiles; para empezar un nuevo ciclo con aprendizajes válidos; para seguir construyendo nuestros pasos.
Corazón perdónLa palabra perdón es de una amplitud suprema, pero a su vez, apunta al sentido más íntimo de cada ser humano. Pretender una receta general es una ilusión que poco conlleva a una posibilidad franca de transformación.
Hoy está de moda hablar sobre el perdón: nos ofrecen una infinitud de libros a manera de manuales ‘funcionales’, para llegar a este acontecimiento máximo de nuestro corazón; lo que sucede, en parte, es que estas versiones que nos imponen están basadas en métodos agudos de castración emocional, que terminan siendo mucho más dañinos incluso, que el propio rencor.
La vida es un proceso continuo, un viaje que encarna acontecimientos complejos, marcas con las cuales debemos aprender a cargar para seguir nuestro trayecto, unas más amables y otras no tanto, pero en éstas están inscritas las lecciones más sabias para asumir nuestro continuo crecimiento hacia la sabiduría. Es por eso que en los infiernos y sus protagonistas devienen, en muchos casos, nuestros verdaderos maestros para llegar al encuentro con la luz anhelada.
Vivimos una cultura de inmediatez, de conciencias anestesiadas, buscando que nada duela, que nada moleste y que todo fluya como deseamos, generando una peligrosa farsa que al final nos saca del propio juego de la vida (que sin duda es maravillosa, siempre y cuando se la asuma con el compromiso de vivirla con lo que enga –esto incluye los tragos agrios que también tendremos que procesar). Solo puede derivar el perdón cuando se hace una verdadera transmutación, que por lo general resulta muy pesada y lenta –como una mala digestión–, pero que termina literalmente con la expulsión de lo inservible; a la vez que se integran los nutrientes necesarios para nuestro desarrollo.
No pretendo sugerir que vivamos con rabia y rencor como patrones perennes; pero invitarlos a no satanizar nuestras emociones si no hacer de ellas un abono, para empezar un camino en marcha hacia un verdadero perdón. Los perdones sin formas terminan evadiendo procesos; más temprano que tarde, el inconsciente los hace suyos y los expone como síntomas físicos que solo hablan del trabajo sin alma.
Estos seres –perdonadores compulsivos– caen en la trampa inhumana de sentirse más allá del bien y el mal, elevados por encima de la justicia, estériles aparentes que no se incomodan con nada; sin saber que esta negación termina por sacarlos del juego humano, convertidos en inválidos emocionales y evasores continuos de la aceptación propia de la realidad.
Flor sentimientosRecordemos que el perdón es un regalo propio de liberación; es el resultado máximo de saber incorporar a nuestra vida todo lo acontecido, para hacer de estos eventos difíciles una guía maravillosa que nos conduzca hacia una verdadera felicidad.

Volvamos al Alma

Estamos inmersos en un patrón colectivo y cultural que nos invita a vivir la apariencia constante de estar siempre rozando una superficie gruesa que no permite entrar en las profundidades, para encontrar un camino que haga de nuestro paso un gesto más humano. 

Sociedad liquidaEsta sociedad líquida, como la define el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman, se basa en el estar todos bien, con una sonrisa plástica y la máxima de ser quienes somos de acuerdo con nuestra forma de consumo.
Hoy, los conceptos del alma ni siquiera son discutidos como requerimientos existenciales; pareciera que incluso las religiones han adoptado un carácter más intelectual y de razón pura, para en algún momento, debatir postulados científicos que puedan interponerse a los dogmas establecidos por las creencias. No hay duda que la expansión científica es asombrosa, el mundo de lo impensable ya no es utópico, sino una verdadera posibilidad.
Siempre he manifestado que la evolución en cualquier ámbito es necesaria, y que negarse a ella es literalmente una estupidez; pero de allí a sugerir que podamos convertirnos en una especie de dios, sin limitación alguna, es ya una sentencia a la verdadera razón de nuestra existencia, que a mi entender no es otra que transformar la vida.
Hombre enigma cienciaLa ciencia ha suplido los requerimientos de un mundo que no encuentra respuestas a sus inquietudes fundamentales. Es por eso que me atrevo a decir que se ha convertido en una nueva religión, que alivia las angustias básicas del ser humano. Estamos bajo una medicación profunda que, por los menos, anestesia y nos permite sobrevivir, aunque eso signifique vivir muriendo un poco cada día.
Si a este panorama sumamos un sinfín de corrientes autodenominadas alternativas, que en varios casos son más charlatanerías que otra cosa, podríamos concluir que en este extravío, todo aquello que alivie un poco funciona, sin saber que el daño es cada vez más hondo: lo evasivo sólo nos aleja de nuestro trabajo de alma.
La barbarie que se expone en nuestra sociedad es mucho más aguda, requiere más de un análisis simplista, más que una píldora, más que un método de autoayuda; requiere un despertar de la conciencia que nos invite a un nuevo pensamiento y nos extraiga del adormecimiento invasivo, para empezar a encontrar formas que resulten en un trabajo interno. La conducta no es otra cosa que el grito desesperado del alma reclamando ser atendida, ser acariciada para abrigarnos. Padecemos de lo que somos, sin embargo nos quedamos ingenuamente pensando que la sanación está por fuera y no en el sentir infinito de lo que llevamos por dentro.
Volver al alma
Si de algo la historia puede dar fe es que los grandes acontecimientos que han marcado nuestras páginas siempre han sido procurados por las minorías, que han comprendido que sólo la voluntad y la disciplina del alma nos pondrán en el camino hacia la felicidad.
Decía el gran psicoanalista Carl Gustav Jung: Quien mira hacia afuera sueña, quien mira hacia adentro despierta

Seamos Migrantes Dignos

Quizás este concepto, con el cual he titulado estas líneas, hace algunos años era completamente ajeno a nuestra identidad como venezolanos. Muchos de nosotros somos hijos y nietos de alguna generación que asumió el reto de afrontar el viaje hacia una verdadera patria, a un país que a los ojos de miles de extranjeros representaba un paraíso donde alcanzar un destino: la posibilidad cierta de hacer una nueva vida.

Mi postura frente a un concepto así de amplio, siempre la precisé, en la estricta posibilidad de hallar un espacio humano que permita elaborar el complejo viaje de la vida bajo una máxima sacra que, no es otra que el amparo de nuestros sueños con firmeza.Es curioso como muchos venezolanos asumieron la soberbia ciega de sentirse privilegiados en relación con todos los demás países de nuestro continente. Todo aquello que apuntara hacia el sur era visto con desprecio máximo; gentilicios como colombiano, ecuatoriano y peruano, entre otros, eran descalificados y se generalizaban conceptos que apuntaban a establecer que nosotros los venezolanos estábamos en otro orden, en una instancia superior que poco tenía que ver con aquellos países pobres, pequeños, de indios e incluso de rateros. Una vez más, las proyecciones de nuestra psique colectiva haciendo de las suyas, porque cada un de estos adjetivos, hoy parecieran tener mayor concordancia con nosotros mismos.La angustia que nos envuelve es nuestra propia tragedia, tiene muchas causas que, en el fondo, todos conocemos, aunque no queramos reconocer; pero a mí entender, la soberbia, que aun en estás circunstancias todavía nos arropa, es el tumor primario de una metástasis que nos mata cada día y que nos arroja, en algunos casos, a una costumbre suicida que literalmente nos está matando.

Vivo hace algunos años en Ecuador, país que llevo en mi corazón por recibirme con afecto y sobre todo por recordarme mi historia como nieto de migrantes: abuelos luchadores que escapaban de aquella gran tragedia contemporánea que fue el holocausto nazi. Ellos llegaron solo con el equipaje lleno de esperanzas y ganas, con alta fe en el encuentro, a un país que también les dijo, bienvenidos.
Hace unos días, cuando me disponía a renovar mi residencia ecuatoriana, me lleve la gran sorpresa; ya esa oficina, que habitualmente estaba llena de cubanos, chinos y haitianos, ahora era un mar de venezolanos buscando formas de encontrar un nuevo estatus que les deje migrar y quedarse en el Ecuador. Que curioso este pequeño país que muchas veces menospreciamos, frunciendo el ceño o con alguna mueca de desprecio; hoy nos dice, vengan hacer patria.
Solo les pido a estos nuevos venezolanos que emigran; conserven la bandera de mis abuelos y de los miles de emigrantes que arroparon Venezuela, entonces regida por firmes principios y valores, en donde el trabajo honesto era la única posibilidad para seguir adelante.
¡Seamos migrantes dignos!

Basta de Extremismos

Hoy es uno de esos días en los que las contradicciones existenciales punzan agudamente la conciencia y la razón. No deja de sorprenderme la inquietud humana que nos acerca hacia el avance titánico del progreso, una carrera sin duda admirable que pareciera invocar lo que en algún momento fue inimaginable. En la vertiginosa carrera de acercarnos a eso que llamamos el mundo del mañana, pareciera que también hemos ido tomando un sendero paralelo que apunta hacia el regreso a la barbarie histórica que ha teñido las páginas de la Historia de eventos impensables que han transformando al ser humano en una bestia sin razón capaz de acudir a las intolerancias más salvajes para intentar imponer una visión dogmática de pensamientos ideológicos desfasados de la verdadera necesidad colectiva.
El fanatismo de cualquier índole es un cáncer incurable que logra hacer metastasis en la conciencia. Me sorprende cómo las ideologías de la intolerancia aún tienen profunda aceptación en las masas, y generan en ellas un volumen distorsionado que despierta las sombras de los complejos más feroces que conllevan a un sinfín de cruzadas espeluznantes que nos acercan al peor de todos los Apocalipsis: el del alma.
En nombre de Dios y del propio amor se han gestado los genocidios más repudiables de nuestros tiempos. Sin embargo, seguimos arrastrando procesos ortodoxos, retrogrados, que todavía sirven de excusas para provocar la muerte de millones de herederos de un pasado que no tiene por qué pertenecerles.
Invocamos constantemente a héroes míticos de la historia con el pretexto engañoso de que en ellos hay una corriente salvadora de una nueva independencia, obviando que la única y verdadera independencia es el despertar de una conciencia propia que nos permita reconciliarnos con nosotros mismos. Acentuamos la infértil idea de basar en las posturas extremas alguna posibilidad de plasmar modelos que no tienen capacidad de transformar el alma social, únicamente generar divisiones irreconciliables que solo podrán debatirse a través de la violencia.

La revanchas de los ‟istas″ (fundamentalistas, socialistas, capitalistas, machistas, feministas, etc), por nombrar algunos, han tomado el timón de un planeta enfermo que se aleja cada vez más de una posibilidad de entendimiento que requiere del ejercicio del más alto valor a mi entender, que no es otro que el respeto a la libre independencia de la conciencia individual, bajo la estricta norma de fijar límites firmes que nos permitan a todos vivir bajo la discrepancia de nuestras ideas pero sin imposición alguna de pretender hablar en nombre de la verdad.
No quiero caer en los trillados y clásicos llamados a la paz, llenos de buenas intenciones pero panfletarios en algunos casos; mi llamado es a la convocatoria individual para de una vez entender que solo el cese de nuestra propia violencia y de nuestra mezquina intolerancia puede aportar un nuevo giro, para hallar en un gran centro amplio una posibilidad de encuentro certero que nos permita la coexistencia y la paz anhelada que solo se halla en nuestra propia conciencia.
Espero que no lleguemos primero a Marte que a nuestro corazón. ¡Basta de extremismos!

NO al Terrorismo!

Siempre he intentado abrir alternativas frente a los sucesos agrios del trayecto. No hay formas que nos regalen la plenitud y la paz anhelada de manera exacta como quisiéramos; la vida no es tan inocente como para reflejar en nosotros la exactitud del deseo pretendido. Sin embargo, a pesar de las circunstancias imponderables, la actitud frente a los eventos inesperados sí es una acción que podemos ejercer con valor y propiedad.

Lo acontecido en París, ciudad que honro por que es el recuerdo vivo de mi padre, quien me regaló en vida viajes espléndidos, donde compartí siempre sus deseos de cerrar el año, en la capital del mundo como el siempre la llamó, no genera mayor sorpresa. Por supuesto, sin negar la efervescencia dolorosa de la pérdida de humanos inocentes que, como es habitual, son siempre el objetivo cobarde del terror.

He sostenido que la barbarie irracional es una epidemia psíquica sostenida durante la historia de la humanidad, quizás hoy en día es más activa la presencia de la información, por el impacto tecnológico que permite en tiempo real saber cualquier acontecimiento dentro del planeta y pensemos que esta época sea más violenta que otra. Sin embargo, creo que el instinto devorador siempre ha estado presente.

Más allá de expresar nuevamente el repudio frente a los eventos que parecen formar parte habitual de las noticias diarias, sería importante recalcar el silencio y la mirada indiferente que sugiere una especie de complicidad colectiva frente a lo que todos sabemos, pero en donde es mas fácil evadir que actuar sin saber que quizás la próxima bomba pueda estar cerca o que un psicópata extremista termine siendo nuestro vecino.

Debemos entender que este tumor ya no es una lesión local, sino una metástasis que ha tomado el mínimo rincón de nuestros países, no es solo Europa la mira, es Estados Unidos de Norteamérica, y sin duda nuestro propio continente suramericano, en donde pareciera que no hay detonaciones aún de está índole, pero sí semillas que pronto germinarán bajo el silencio de nuestros sistemas.


Estamos en presencia de una guerra verdaderamente asimétrica, de complejidades infinitas, por estar estas pandemias llenas de una psicopatía sin control, que puede de alguna forma contagiarse de manera violenta en sociedades en donde el complejo pasivo siga presente y pueda ser seducido con la herramienta más excitante, que no es otra que la venganza.

Es necesario empezar a formar conciencia colectiva, sembrar fortalezas de verdadera espiritualidad, en las que resaltemos el valor maravilloso de la vida, en donde se anule la posibilidad permeable del fundamentalismo como bandera, venga de donde venga, todo lo que roce el extremo siempre es y será improcedente para el entendimiento.


Quiero en estás líneas solidarizarme con los dolientes hermanos franceses, con sus pérdidas, pero también alzo la voz para que podamos abrir lo ojos frente a la verdadera magnitud del Apocalipsis que nos tocará vivir si no asumimos que a todos nos corresponde generar y hacer conciencia.

Hoy decimos una vez más: ¡NO AL TERRORISMO!

 

Un sí a la Paz

 

Escribir sobre la preocupante y profunda crisis que sacude a la Franja de Gaza, roza sin duda alguna los más sensibles parámetros.
Creo que hacer un análisis de los acontecimientos contribuiría poco con la necesidad urgente de encontrar una salida pacífica, que se solo se logrará con el diálogo y las verdaderas negociaciones.
La paz, es un reto trascendental que debemos priorizar para hacer de este suceso histórico el mayor legado de nuestro siglo. Me voy a permitir en estas líneas, más allá de fijar alguna posición o parcialidad, relatar una historia reflexiva y sencilla pero llena de sabiduría, que sin duda ilustrará las posibilidades de un acercamiento que concluya con la anhelada paz en el Medio Oriente. Mi abuelo Darío, fue un hombre judío, nacido en Grecia, Salónica, donde recorrió sus primeros años y parte de su juventud trabajando en una pequeña fábrica de camas de bronce, propiedad, por cierto, de un árabe Sirio. Palomba, mi abuela, judía también, proveniente de un humilde hogar griego, era una mujer que a pesar de las profundas heridas de su vida, vivió con un desenojo absoluto frente al duro transitar que significa sobrevivir a dos guerras mundiales.

Un amanecer, el patrono árabe de Darío (mi abuelo), le ofreció la posibilidad de mudarse a Damasco, Siria, para que se encargara de una fábrica que abriría en dicha ciudad, con la única condición de que el traslado fuera casi de inmediato. La oferta económica era atractiva. Sin embargo, indudablemente emigrar a un país árabe siendo judío, hacía del panorama un episodio temible. 
No obstante, la decisión fue asumir con valentía el reto y aceptar la oferta. Así lo hizo, días más tarde, una mañana de junio de 1941. La invasión Nazi tomó parte del territorio griego, toda la familia de mis abuelos fue llevada a los campos de concentración, no hubo sobrevivientes de ese capítulo de horror, sólo una hermana de mi abuela Palomba, (ALEGRE), logró renacer después de 3 años de muerte en vida en un maligno campo del terror.
Ese hombre musulmán, a quien mi abuelo consideró siempre su amigo, salvo por causalidades del universo, sus vidas. Y más aún, hoy gracias a la complicidad del destino tengo a mi madre Ivonne, quien nació por esa única razón en Damasco, Siria.
Años más tarde, este mi país, Venezuela, los acogió como hijos, les brindo la oportunidad de sentir el calor de la hermandad y hacer de este territorio su nuevo y único hogar.

Mi mamá, mujer de profunda lucha social, quien por muchos años entregó su alma y corazón a esta tierra, es un ejemplo vivo de que la patria se hace en el lugar donde se ejercen los sueños con trabajo y amor extenso, sin importar dónde se nazca.
Mi padre Valeriano, venezolano, hijo de emigrantes españoles, fue un hombre ejemplar en sus valores, gran parte de la historia del periodismo contemporáneo descansa en sus hombros. De esa unión nace quien hoy escribe estas líneas, Jonathan (JUAN DIEGO).
Una vez más el amor por el prójimo trasciende cualquier límite o posición dogmática religiosa. Mi padre de probada fe cristiana, era un gran activista del Evangelio, incluso llegó a ser un líder dentro de las congregaciones luteranas. Ivonne en cambio a pesar de no padecer de ningún tipo de radicalismo religioso es por convicción una mujer judía, más allá de las indudables distancias de ambas religiones, se unieron en matrimonio. De lazos conyugales anteriores que tuvo mi padre, tengo cinco maravillosos hermanos: Iván, quien nos arropa como guía por ser el hijo mayor, es de preceptos totalmente católicos, apostólicos y romanos. Por otro lado, Humberto, Yvette y Yanneth, actualmente son misioneros cristianos en congregaciones evangélicas y Aldo, de profesión ingeniero químico, se declara abiertamente ateo.
Por mi parte ejerzo mi fe en la amplitud del espectro, mi alma es una composición de matices, soy ecléctico por naturaleza, arropo trazos maravillosos del judaísmo, como las profundas maestrías de Jesús y Buda, entre otras, pero con la única certeza que afirmo en mi vida: DIOS existe.
A pesar de este abanico plural, todos los miembros de mi familia tenemos la madurez para respetar cada una de nuestras posturas y la capacidad de unión más allá de absurdas posiciones radicales. Este relato familiar es un ejemplo palpable, de que el respeto al pensamiento ajeno es un código posible, que hay una sola raza, la humanidad, que hay un solo Dios, el que se encuentra en cada uno de nuestros corazones, que no hay “ismos” (fundamentalismos, radicalismos…) que sean más fuertes que el verdadero amor.

¡SÍ A LA PAZ!

Agradecer

Existen verbos activos que logran establecer pactos de conciencia, que ejercen el trabajo espléndido de hallar un convenio de sanación cierta que pueda despertar el sentido franco de la vida.

Estamos sumergidos en el infinito superficial de los adjetivos, de los adornos, de las caricias del ego que terminan fulminando la esencia para llevarnos a la trampa del apego, a la farsa de la pertenencia ingenua y por su puesto a la anestesia severa del padecer.

Cuando aprendemos a limpiar nuestros escombros, nuestros recuerdos vagos de anécdotas huecas, es realmente cuando empieza el trabajo de acercamiento con nuestro sentir, con el núcleo sagrado, comúnmente llamado el alma.

Solo allí está la posibilidad que puede nutrir la vida, con humildad y verdadera inteligencia para saber que todo ha sido encomendando con sabiduría elevada. Pero se requiere de una condición para poder llegar a ella y ésta no es otra que el trabajo disciplinado de despertar la conciencia.

Existe un verbo activo que en primera persona nos invita a empezar el sendero, sumado a la necesidad de establecer como norma que el único tiempo viable y preciso que tenemos para accionarlo: el presente.

Decálogo del agradecimiento:


1. Hoy agradezco la oportunidad cierta de abrir los ojos un día más que me permite admirar el regalo del amanecer, que siempre es una buena noticia.


2. Hoy agradezco lo que tengo, que siempre es suficiente, porque la vida ofrece la medida precisa de lo que realmente necesitamos.

3. Hoy agradezco lo que no tengo; allí se mantiene viva la ilusión para seguir trabajando y alcanzar los sueños.

4. Hoy agradezco los ingresos verdaderos que solo han podido ser valorados porque todos provienen de profundas pérdidas; pero al final cuando las asumimos con amor, el ejercicio contable siempre cierra en ganancia.

5. Hoy agradezco el recuerdo, en su espectro más amplio, en donde se incluyen los referentes amargos que terminan siendo nuestros grandes maestros para el crecimiento pleno del alma.

6. Hoy agradezco a mis ancestros, a mis padres, a mis historia sistémica que brilla en mi sangre. No importa qué tanto los conocí, pero en la memoria celular viene su registro sacro lleno de extensa sabiduría.

7. Hoy agradezco la compensación milagrosa de la vida, que es la verdadera justicia; la vida no te roba nada porque en el fondo nada nos pertenece, todo lo que se va vuelve en el camino multiplicado en nuevas formas de amor.

8. Hoy agradezco el dolor, como único reconocimiento de que estoy vivo y que en él se nutre todo lo que importa en la existencia, sencillamente lo que no duele no tiene importancia en la vida.

9. Hoy agradezco la dificultad, la poca aparente suerte, que solo me subraya que la disciplina es la única manera de garantizar logros sólidos que puedan perdurar en el trayecto.

10. Hoy agradezco que a pesar de la pendiente aguda, sigo con la fe intacta y con la certeza firme de que Dios existe y sigue siendo el Todopoderoso.

Hasta un próximo encuentro

Optimismo Pendejo

 

La gente podrá hacer cualquier cosa, no importa cuán absurda, con el fin de evitar enfrentar su propia alma. Carl Jung.

Vivimos rodeados de un sinfín de tendencias escapistas que solo han impulsado la actitud más resaltante de nuestros tiempos: la evasión. Bajo el pretexto del mundo optimista que nos vende la existencia con recetas ligeras, en lugar de enseñarnos a asumir el compromiso de afrontar la realidad con el rigor que amerita nuestro tiempo, nos vamos secando en la actitud adolescente de hablar del optimismo.
Así vamos dejando que la vida pase con una sonrisa ligera que procura mostrarnos felices pero deshechos por dentro, porque la frustración nos arropa con la ingenua pretensión de que el mundo cambiará sin que movamos un dedo. Todos hablamos de la búsqueda interior, del camino espiritual, de la fe, incluso de Dios. No obstante, basamos estos trayectos en recetas y fórmulas que excitan nuestra razón pero que jamás conducen al encuentro sacro por la sencilla razón de que el viaje que hoy nos venden los recetarios lights, son una oferta engañosa que nos inclina a mirar hacia afuera para no acudir al único y verdadero acercamiento hacia la posibilidad de transformarnos, que no es otro que el viaje hacia nuestra propia conciencia.

Optimismo  Este camino es más denso, más oscuro y sobre todo más comprometido y por ende son pocos los que se atreven a cruzarlo. Estamos inmersos en la tendencia de hablar constantemente del aquí y el ahora, argumento que comparto pero a la vez me pregunto: ¿cómo lo estamos viviendo? Dejo esta inquietud para subrayar que este aquí y ahora no es una pincelada metafórica ligera, todo lo contrario. Este presente maravilloso nos requiere en cuerpo pero también en alma; nos exige sentirnos vivos con la convicción de aceptar nuestra realidad, afrontando lo que nos toque: los grises, las tormentas, las oscuridades vitales, para transformarlas en luz y no estar por estar. Debemos vivir y sentir con plenitud cierta el ahora, guiados por la máxima de que todo lo concebido es una fuente extraordinaria para hacer de ello la más amplia de las transformaciones, esas que fueron encomendadas para la sagrada misión de la existencia. Camiseta indiferenciaHoy el mundo parece una fiesta eufórica por el evento mundialista, el cual me parece sencillamente extraordinario porque creo que estas chispas de emoción son requeridas y válidas para exaltar ciertos rasgos humanos, pero no puede por ninguna circunstancia anular nuestra realidad, muy compleja por cierto. Este mundial es el reflejo perfecto de un mundo en donde la mitad muere de hambre y la otra, de grasa en las arterias; de una sociedad soberbia que diluye su mirada en el prójimo necesitado; de sambas que ensordecen y anulan los gritos de hambrientos y enfermos, pero sobre todo lo que más me arde es que mientras nuestra sociedad se cae a pedazos, nos ponemos la camiseta colorida de un equipo llamado indiferencia.
El optimismo pendejo nos conduce a un infierno sin movimiento en donde una vez más nos hemos ido acostumbrando a lo inaudito, y entramos en una nueva fase crónica que solo podrá ser removida por una conciencia realista que nos ponga en voluntad comprometida y en la que empecemos de una buena vez a entender que la responsabilidad del cambio anhelado solo parte del corazón individual, que tendrá que aprender y valorar el compromiso como bandera y dejará de decir ″este país”, para empezar a decir ¡Mi País!

Mujeres y Madres de nuestros tiempos

 

La mujer de nuestros tiempos es reflejo inequívoco de una época audaz, pero desconectada de su propia connotación en un mundo ciego que no se detiene a tomar un sorbo afectivo para saber que en el compromiso emocional está la posibilidad de reencontrarnos y fortalecernos. Expreso esta idea porque la única vía que puede transformarnos en un vínculo vivo y humano es la esencia sacra y única de la mujer. En mis años como analista y cantautor he procurado regalar sueños y esperanzas para intentar abrir un sendero amplio de encuentros que despierten la consciencia y que podamos armar una estructura que nos conduzca a la felicidad anhelada que abarca la pareja, nuestra familia y nuestros hijos. Por este motivo es que hablar de madres y mujeres nos abre el compás para afrontar nuestros conflictos bajo la maestría sabía que late en cada mujer, la cual requiere ser nuevamente despertada, abrigada y cuidada por la coherencia de su rol y reencontrar ese eslabón perdido que la misma fuerza de nuestros días ha extraviado, condenando el acercamiento que tanto anhelamos todos, pero no sabemos cómo alcanzarlo. Si bien es cierto que en apariencia la connotación del título subraya una referencia exclusiva para la mujer no podemos obviar la relación con el hombre, quien es parte influyente y generador directo de emociones que correspondan al encuentro íntimo.

No hablar del varón en nuestros tiempos y abstraer del compromiso emotivo en esta dicotomía “mujeres-madres”, sería transitar la mitad del recorrido en silencio, dejando gran parte de las respuestas en un solo lado de la balanza e ignorando que éste es parte medular de la verdadera intimidad de la pareja. Por esta razón hablar de los hombres en nuestros días puede darnos una gran clave para el entendimiento del vínculo y de una etapa en la cual la intimidad pareciera ser un gran obstáculo entre las parejas. La gran alarma se enciende cuando resaltamos que los vínculos actuales son ligeros, sin compromiso alguno. Sin ánimo de sentirme dueño de la verdad absoluta, a mi entender este fenómeno está relacionado con el temor agudo del varón de poder llevar a cabo una conexión franca con su complementación afectiva. Quizás sintamos que enlazarnos a la dinámica femenina de nuestros tiempos es caer en el recuerdo del devorador amor maternal, o sencillamente una exaltación de nuestro machismo heredado que siente que la mujer ha tomado parte de su rol masculino esencial, lo cual nos vira la dirección hacía el lado contrario, bajo la huida veloz que nos plantea la negación definitiva de la conexión afectiva. Hoy encontramos familias sin estructuras y disfuncionales, hijos extraviados que terminan siendo sobrevivientes del vacío y de las ausencias de padres que son a su vez víctimas del reloj criminal que no permite un segundo de detención para ver siquiera la mirada de nuestros pequeños, parejas que se sostienen bajo el silencio de crisis no decretadas que carcomen la consciencia y el alma. En este sentido quiero exaltar la fuerza engendrada de nuestras madres para hallar el camino que convoque a la necesidad de acercarnos. Sin duda el varón tiene una gran responsabilidad, pero en está agonía requerimos abrir un espacio en el que la pugna infértil de los sexismos haga una pausa para reestablecer los roles esenciales que despierten a una mujer afectiva y madre con sus matices de éxito y profesionalismo, pero viva en su alma.

La mujer tiene el valor propio de la sensibilidad, tiene en sus entrañas la mágica capacidad de la transformación, es una cátedra continua que nos lleva de la mano al contacto con el amor, a ese primer encuentro con un refugio protector, con el abrigo del alma que nos dictará enseñanzas sabias del sentir. La mujer y la madre, a quienes siempre asocio con la propia naturaleza que es la expresión máxima de lo femenino, tiene necesariamente que regirse por canales de compensación masculina, por un padre Dios universal que establezca un orden estructural que dé forma, que defina parámetros y límites, para que el extraordinario milagro de ser padres sea un balance exacto para lograr hacer de nuestros hijos, hombres y mujeres aptos para la felicidad. Los invito, a tomarnos un breve espacio para la reflexión, para mirarnos a los ojos como familia, a regalarnos un reencuentro con las miradas de nuestros hijos, pero sobre todo a convocar a la verdadera madre, no a la desafiante de nuestros tiempos sino a la sensible, a la que nos arrulló con el latir de su pulso mientras crecíamos en su vientre sacro.  También debemos valorar a las que nos regaló a un padre no importa si está presente o no, él es y será parte de nuestra propia existencia por el resto de nuestros días. Hoy convoquemos a nuestro corazón, rindamos un hermoso homenaje a la posibilidad de reivindicar a cada figura y hacer de la familia un eje maravilloso.

Madre felicitación
Felicitaciones a todas las mujeres que asumen con sensibilidad, respeto y calidad humana el privilegio de ser Mamá.

Proceso

La agonía de nuestros tiempos parte de la necesidad de resultados inmediatos, fórmulas fantásticas, píldoras engañosas para aliviar el síntoma del padecimiento profundo que abarca un infinito oscuro y tiene la contundencia suficiente de generar historia. Es tentador buscar resultados breves, incluso atajos, cuando nos sentimos agobiados por una situación que nos sacude de arriba abajo. Es parte de lo humano, de la propia voluntad de sublimar el dolor como posibilidad, sin saber que todo lo que anestesie derivará en un episodio aún mas agudo, en  el cual no tendremos más remedio, que el padecimiento como tratamiento certero para salir de la aflicción. Este reflejo “país” vive la angustia requerida para un giro histórico que hace muchos años fue germinado de una manera profunda, podríamos decir que hasta inteligentemente.

Pero una vez más la soberbia de sentirnos inmunes, privilegiados, cegó nuestra consciencia social y lo que estaba frente a nuestra propia mirada fue más fácil subestimarlo que arroparlo con humildad y decir: nuestro  tiempo saudita es una apariencia cíclica que está apunto de acabar. Sin embargo, como siempre lo he manifestado, nuestra crisis es aún mas compleja que la propia dinámica de nuestra política actual. Nuestra crisis es de identidad humana,  de ahí lo estéril de los análisis, que procuran excitar lo que muchos queremos oír: que esta situación está por terminar. Quizás me tilden de pesimista al decirles que nuestro proceso de transformación se está iniciando, y si bien es cierto que hay un despertar popular valiente, su manifestación en está instancia se puede volver una conducta crónica a la que también podríamos llegar a adaptarnos, porque si algo nos subraya es que nos hemos venido acostumbrando a cualquier evento, aunque sea inverosímil. Siembra RebeldíaMás allá de que esta apreciación pueda ser vista como negativa, quisiera decirles que es exactamente todo lo contrario.

El verdadero optimismo no es el que se manifiesta con frases ligeras, es aquel que asume que las circunstancias son complejas pero que entiende también que solo en nuestras manos se pueda hallar un camino para abrir la posibilidad de un capítulo histórico que impulse una nueva realidad, pero no será un mesías salvador, nadie nos rescatará de nuestro infierno sino nosotros mismos, una nueva consciencia que debe desechar lo peor que nos ha acompañado durante años, nuestras sombras más oscuras, las cuales no tienen bando sino un manto colectivo que nos ha arropado a todos. Tengamos fe pero sepamos que únicamente la esperanza activa puede lograr un cambio trascendente para abrir una patria cierta e inclusiva. Entendamos que toda gran transformación requiere proceso y no hay tiempo exacto que pueda determinar cuánto más hará falta.

Diálogo y Negociación

Dialogar es un verbo de un contenido extenso que subraya nuestra condición racional, que deriva en que el entendimiento es un trazo posible y válido entre los seres humanos.

Este encuentro con la palabra, y sobre todo con la firme voluntad, tiene un fin propio que debe desembocar en el acuerdo entre las partes, que han entendido que es hora de llegar a una salida. Es justo en ese momento cuando el concepto de la negociación se hace acción y se abre un abanico de posibilidades en el que se busca un fin común: resolver el conflicto.
Hasta este punto parece sencillo y práctico el camino, pero no los es; llegar muchas veces a esa mesa de coincidencia, requiere más que un llamado o una intención simple. La propia historia divulga claramente que cuando las negociaciones, sobre todo las políticas, llegan al anhelado encuentro, resultan después de una sendero muy encendido y en algunos casos devastador, como lo ha implicado toda guerra que siempre deja el trago amargo de la pérdida y el dolor.
Las negociaciones per se, necesitan, de un determinado número de condiciones para poder tener la reacción suficiente en un evento que se encuentra en conflicto y llevarlo al proceso de buscar una posible salida dialogada. Quiero destacar la palabra posible, por no necesariamente estar garantizado el resultado. Es decir, dialogo no es el objetivo sino el camino procesal para llegar a él.


Deseo exponer ciertos fundamentos para que el diálogo y la negociación sean realmente lo que son y no una pantomima anestésica para ganar tiempo y enfriar procesos requeridos que puedan motivar transformaciones profundas:
1. Las negociaciones ciertas ocurren cuando las partes están, ambas, agotadas en recorridos muy devastadores, en los cuales las pérdidas de cualquier índole, han sido tan profundas que ha llegado la hora de poner a un lado las diferencias y encontrar aunque sea un interés común que las lleve de la mano. Toda negociación requiere ser realizada entre adultos, y no me refiero a la edad sino al entendimiento, a la madurez que debe existir para poder alcanzar un posible acuerdo. Si privan actitudes adolescentes, como la soberbia de pretender siempre la verdad, el fracaso del encuentro está decretado de antemano.
3. Toda mesa de diálogo debe realizarse en un lugar neutral, frente a un árbitro que imponga reglas claras de cómo seguir este proceso. Cuando la negociación, se realiza en un sitio en donde alguna de las partes ostenta el poder, se transforma en una invitación estratégica para acentuar que quien va, está en un rango inferior y que el diálogo no será de tú a tú, lo cual inhabilita cualquier negociación verdadera.
4. Las partes requieren de una voluntad clara de querer negociar; una vez en la mesa no importa lo largo del proceso, los interés superiores que nos llevaron al encuentro deben estar siempre firmes y claros. Es por eso que una vez sentadas las partes es importante saber qué es exactamente lo que queremos buscar y lograr. Si esto no sucede, el encuentro es estéril y se convierte en conversaciones improductivas.
5. Lo más importante, a mi juicio, es que toda negociación requiere ceder en posiciones. Si las partes no ceden en proporciones exactas, el fracaso será la consecuencia cierta. La verdadera negociación solo resulta del hecho de que ambas partes se levanten de esa mesa sintiéndose ampliamente ganadoras.

Hagamos conciencia colectiva

La sobrevivencia es el eslabón de la resignación silente, esa que algunos llaman costumbre pero que en el fondo no es otra cosa que un sistema de protección psíquico emocional para mantenernos sujetados al hilo invisible y frágil de la vida. Es un estado de aparente esperanza ausente en el que el día a día deja de tener la ilusión positiva para saber que algún generador pueda activar el cambio.

En alguna oportunidad alguien me preguntó si el ser humano podía acostumbrarse a todo y mi respuesta, quizás un poco ácida y sin un tono aparente de optimismo, fue sí. Cuando las circunstancias de una epidemia emocional colectiva se han hecho crónicas y la fuerza vital no encuentra un sentido para transformarse, solo queda la condena perpetua de vivir en el terror y la resignación de sujetarse a lo que toca.


En la penumbra histórica del capítulo más vergonzoso del siglo XX, el Holocausto nazi, en muchos casos escuché, que por qué los recluidos en los campos del terror no hicieron nada, incluso alguna vez algún ignorante me expresó que en el fondo los presos de este infierno vivo se lo merecían por su propia cobardía de no rebelarse. Sin duda la ignorancia es muy atrevida en ocasiones.

Cuando el sistema de contención emocional se debilita, genera un estado de shock y negación crónico que deriva en la aceptación de saber que no tengo fuerza suficiente sino para poder intentar sobrevivir de la forma que pueda, y esto es profundamente humano, por lo cual no puede ser juzgado como un acento de cobardía sino todo lo contrario, como un efecto requerido para intentar llevar la vida, sumando un día más como una verdadera oportunidad para sujetase al optimismo funcional, que no es otro que vivir en consciencia activa de saber que cada segundo es un sorbo de oportunidad para seguir en el milagro de la existencia.

Cada episodio histórico tiene peculiaridades, argumentos y circunstancias que no permiten hacer analogías exactas. Sin embargo el funcionamiento reactivo que se desprende del ser humano sí logra en ocasiones ser similar, pero en proyección colectiva ya que de forma individual no hay manera de que una persona se parezca a otra. Las sociedades logran en ocasiones ser seducidas bajo la intensión franca de la reivindicación a través de la venganza, evento que para todos es en el fondo una pulsión de placer en nuestra psique, aunque algunos se nieguen a aceptarlo, el pase de factura, cuando algo en nuestro interior ha estado dirigido bajo el complejo o la herida viva, genera una sensación aparente de justicia requerida para la compensación de lo que ha sido vulnerado en nuestro registro.

Es por esta razón que es muy fácil generar enemigos y divisionismos en tiempos de profunda desigualdad social. Lo que quizás ignoraban muchos es que esta factura termina siendo aún mucho más grande y que los interés se hacen impagables. Por este motivo es que el final de estos capítulos ya conocidos por la historia solo terminan bajo un gran dolor colectivo, en manos de la violencia sangrienta.


Hoy vivimos bajo el terror, bajo el manto del miedo que nos arropa a todos; este no distingue postura política, ideales, raza, este nos arropa a todos, hoy en día somos prisioneros del mismo campo, con un gran cerco eléctrico que nos ha puesto en confrontación continua, en donde la gran mayoría no quiere vivir, pero ha tenido que adaptarse a la cruel metralla del poder, que va mucho más allá del poder propio del Estado porque si de algo estoy claro, es que en esta guerra hay muchos camuflados que poco ven la necesidad de un encuentro cierto para lograr, aún a tiempo una salida inclusiva. No esperemos que sea el exterminio y la devastación la que ponga en la mesa un acuerdo, que termine firmándose con la sangre de millones, como la historia ya ha narrado con anterioridad.
¡Hagamos conciencia colectiva!

{slider De la Ilusión a la Pulsión}

La requerida necesidad de vivir bajo la promesa incierta, nos aleja de forma peligrosa del entendimiento de nuestro tiempo que no es otro que el presente exacto. La ilusión, que si bien es una sensación requerida, no tiene por si sola la capacidad de acercarnos con certeza a nuestro encuentro con la razón de la existencia que, a mi entender, no es otra que el compromiso consciente de estar despiertos en nuestro ahora.

La vida es una ecuación muy compleja que quizás no tenga un resultado exacto más que el vivir como un único requerimiento y hacer de este paso momentáneo un trayecto medianamente acorde a nuestro concepto íntimo de la felicidad. Y digo medianamente porque lo rasgos absolutos son inalcanzables, intangibles e inhumanos, aunque algunos insistan en la plenitud como algo real.


La gran trampa de nuestro joven siglo se ha basado en la aspiración del futuro, en teñirnos de ilusiones que poco se palpan en nuestro destino y que terminan convirtiéndose en niveles de frustraciones elevadas, que sintetizan las grandes depresiones que vivimos. De allí el exceso de fármacos vendidos como respuesta a un colectivo que vive de la ilusión del mañana, sin saber qué hacer con su presente y peor aún sin vivir el ahora como su única posibilidad.


El presente es el gran mediador de la vida, es la fuerza que nos une a la realidad, es la energía que permite valorar el pasado (por cierto muy satanizado), para hallar en él cada uno de los para qué, esos que han podido traerme a salvo al ahora y que han dejado la puerta abierta para seguir adelante. Hace uno años en una conversación con la doctora Vera Khon, una gran analista de la psicología iniciática que para ese momento tenía ya 98 años, me dijo: “las pérdidas son parte del sano vivir, si la gente entendiera que la vida también se hace de ellas, y que sin ellas no hay posibilidad de la continuidad, estaríamos más conscientes del presente y del milagro del hoy”. Esta ha sido una de las conversaciones que más ha llenado mi vida, entender que todo pasa y que soltar lo que ya se ha ido es la oportunidad para valorar lo que tenemos, que no está en el mañana sino en el preciso instante en que la vida aún nos permite ajustarnos a ella.


Creo en los sueños, de hecho soy un soñador porque en ellos se traza la vocación del alma. También creo en la ilusión de lo novedoso como un suspiro fresco de la oportunidad; sin embargo sé que también los sueños y las ilusiones pasarán, como pasa todo. Es por eso que estoy convencido de que los verdaderos pasos hacia la conciencia provienen en muchas ocasiones de nuestras agudas desilusiones, justo allí puede aparecer una fuerza interna o la pulsión de la vida, como la definía el psicoanalista Sigmund Freud, para ajustarnos al presente y saber que en el ahora está el único tren, ese que pasa siempre y no una vez como dicen, pero que requiere que estemos atentos, serenos y sobre todo realistas, para asumir la vida con lo que viene, con lo que toca y saber que en cada circunstancia está la necesidad de lo requerido para saber que aún en circunstancias adversas la vida es un milagro y vale la pena vivirla.

″No se puede elegir sabiamente una vida a menos que se atreva uno a escuchar a sí mismo, a su propio yo, en cada momento de la vida.”

Cuando la vida dice No

El balance de nuestro recorrido requiere una constante evaluación humana que asuma la posibilidad de integrar cada episodio, a pesar de que algunos de ellos no registren la anhelada carga positiva que se nos impone desde el colectivo arrogante y casi inhumano.

Todos llevamos nuestro propio equipaje, una especie de baúl, lleno de registros, algunos vivos en nuestra conciencia y otros que a pesar del silencio aparente que los tapiza, siguen generando movimientos psíquicos importantes. Por esta razón, muchas veces hay que estar atentos a un sinfín de eventos que conviven en nuestra psique, y que con incredulidad asumimos como olvidados sin saber que gritan, a través de síntomas, que deben ser revisados con voluntad emocional. La mayoría de estos eventos guardan relación con episodios que aparentemente nos han sido subrayados como negativos, inclusos como inservibles, quizás con la ingenua afirmación de que el olvido es una posibilidad. De allí que todo lo que haya generado tropiezos, pérdidas y malestares, sea desechado y reprimido, para aliviar el sendero.

Esta imprudencia tiene efectos agudos en cada uno de nosotros, cada vez que negamos algún proceso doloroso, nos convertimos sin saberlos en portadores de sufrimientos que más temprano que tarde, expondrán la necesidad de ser revisados de nuevo para de una vez ejercer nuestra misión, que no es otra que la propia transformación de nuestro paso.

Este es el motivo por el que el pasado, aunque sea tan satanizado, es en el fondo un gran anclaje de contención para saber en dónde estamos en el presente. Cuando volteamos con adultez hacia nuestras huellas vemos que todo lo acontecido tiene una coherencia clara, que nada ha sido en vano ni mucho menos innecesario, todo ha tenido un “para qué”; de allí que la vida siempre se parezca al guion que hemos emprendido, la vida habla solo de ti.

El llamado balance es exacto a un ejercicio contable en el que sería imposible e incluso estéril realizarlo, sin incluir las pérdidas y pasivos, estos son tan importantes como cada una de las ganancias y de nuestros activos. Por eso debemos asumir la integración absoluta, para abrir un abanico de posibilidades y seguir adelante. Pero este balance requiere del compromiso de aceptar que no todo será concebido exactamente como lo que planeé, que muchas veces a pesar de mi esfuerzo y voluntad, no obtendré los resultados anhelados e incluso que me tocará perder más de una vez para acercarme a la humildad y reconocer la fragilidad como rasgo esencial de lo humano.

Estamos inmersos en el consumo como fundamento de nuestra existencia, sin saber que cada día nos consumismos a nosotros mismos con una extrema agresividad que termina devorándonos y desconectándonos. Desafiamos con soberbia nuestra esencia, nos creemos inmortales, imbatibles y sobre todo triunfadores. Estas características, que en el fondo pecan de inciertas, nos convierten en héroes huérfanos de amor, preparados para todo, menos para la vida misma, es por esta razón que cuando las pérdidas asoman sin aviso en nuestro camino, nos hallamos sin contención alguna y pensamos que todo se ha ido en ellas, sin saber que todo ganancia de alma ha venido precedida por una gran pérdida.

La vida en miles de ocasiones dirá que “No”, es parte de lo necesario. Pero si lo asumimos, tendremos en cada supuesta negación una hallazgo extraordinario para crecer y hacer del “NO”, un SI sólido, lleno de lecciones y posibilidades para seguir sonriendo.

La felicidad efectiva

Aun una vida feliz no es factible sin una medida de oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no estuviera balanceada con la tristeza. Es mucho mejor tomar las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad.

Carl G. Jung


Pareciera que el hallazgo de un concepto universal acerca de la felicidad se ha convertido en una búsqueda casi agónica, en una persecución infinita que genera  una angustia desgastante la cual nos arropa y nos aleja cada día de un encuentro más humano con el entendimiento de nuestra vida.

La percepción de esta forma de felicidad ficticia se ha convertido en una carrera de alta velocidad en la que todos perseguimos una sola forma de bienestar aparente, sin saber que  detrás de cada uno de nosotros está otra representación de felicidad más sensible y funcional tocándonos la espalda, pero que no podemos ver por la necesidad de cumplir con la fórmula colectiva que nos invita a buscar en el futuro todo, generando una neurosis aguda de anhelar lo que no tenemos y obviar así la compensación sabia del presente, que siempre nos regala una posibilidad.

Nos hemos convertido, en muchos casos, en seres anestesiados, creyentes de cualquier método de autoayuda charlatana en el que la plenitud y el deseo se venden como condiciones ciertas de la esencia humana. Por supuesto, frente al vació existencial en el cual estamos sumergidos es muy fácil vender fórmulas engañosas que solo contribuyen al alejamiento más perverso, el que desemboca en el extravío del alma que hoy se suple con fármacos, para de una u otra forma silenciar el llanto de cuerpos que solo piden ser escuchados de una manera más real y sensible.

Hoy las cifras de ventas de  antidepresivos y analgésicos son abrumadoras, se han convertido en parte de la receta vital de nuestros tiempos, en suplementos necesarios para intentar serenar la velocidad que nos ilustra el éxito como un sinónimo de felicidad, con base en la cultura del  deseo todopoderoso, que admite que el ser humano tiene en sus manos la posibilidad de lograr absolutamente  lo deseado.

Esta termina siendo la trampa más ilustrada de nuestros tiempos; si  todo fuera posible, lo imposible también lo sería. Es por esta razón que la depresión social es una pandemia que se deriva de la frustración sistémica de no lograr lo que en algún momento deseamos.


La vida es un milagro extraordinario, cada día es una buena noticia para hallar la alternativa que nos ponga en contacto con la realidad requerida, que en ocasiones ofrecerá no solo lo queremos sino lo que necesitamos para transformarnos en mejores seres humanos. La felicidad existirá a medida que podamos, de manera franca, incorporar cada acontecimiento con verdadero amor, incluso aquellos que han marcado heridas profundas pero que en el fondo terminan en ocasiones siendo nuestros mejores maestros.

Cuando abrimos nuestros corazón al amor también lo hacemos al dolor, es parte de lo inevitable. Pero si lo asumimos como una lectura requerida nuestro concepto de felicidad se hará más factible, más cierto y sobre todo más duradero. Quien integra los matices del sendero del vivir no requiere de una acontecimiento específico para ser feliz, sino más bien entiende que en la verdadera plenitud está la aceptación del todo como lo necesario. Solo así la vida sonríe con la fuerza suficiente para llevarnos con paso firme, pero humano, a un encuentro con la felicidad efectiva.

Plenitud

 Si algo nos acentúa nuestra condición humana, es la necesidad continua de hallar repuestas frente al sabio camino de lo que significa nuestra propia existencia. Somos seres mortales y por ende sabemos que nuestro tiempo es transitorio, es por esta razón que nos urge revelar interrogantes para hacer de nuestro trayecto un trazo menos angustioso en el cual podamos establecer nuestras propias pautas para eso que llaman el buen vivir. Soy un aprendiz inquieto del mundo infinito de la psique.

Cada día estoy más convencido de que la consciencia, es lo más delgado y frágil de las profundidades misteriosas de un universo denso que convive inconscientemente en cada uno de nosotros. Quizás la psicología actual ha inclinado su visión hacia la transformación de la conducta, muy válido por cierto. Hoy vivimos en un mundo en donde la medicación pareciera ser la solución de todas nuestras dolencias, ignorando que solo atenuamos el síntoma, sin establecer mecanismos de trabajo internos que son los verdaderos caminos para poder acercarnos a un proceso que haga de nuestra vida un trayecto más amigable. Quiero resaltar que no estoy en desacuerdo con la medicación, sin embargo insisto en que sin un protocolo de acercamiento a nosotros mismos no habrá transformación alguna. Las herramientas, para dicho acercamiento son múltiples, no hay recetas universales que puedan servirnos a todos por igual. Cada quien hallará su propia horma y cubrirá sus necesidades con lo que le funcione. No obstante, me aterra que la urgida necesidad de “estar bien”, derive en el encuentro de corrientes engañosas que solo nos alejen del verdadero y complejo trabajo que nos centre en sentirnos de nuevo humanos, con todo lo que acarrea esta condición. Nos venden las mágicas recetas de “la plenitud”, con base en que la euforia de la tan anhelada felicidad es un estado de alegría perenne en el cual debemos estar inmersos a cada instante. He aquí, la razón de un mundo deprimido, desconectado y frustrado que prefiere evadir y “estar feliz”, sin serlo.

La plenitud tiene que tener la posibilidad de acariciar los matices de la vida, porque en ellos está la fuente sabia para hallar la transformación del alma. La euforia es por naturaleza seductora, no tiene capacidad de hacer cuerpo; por ende es incapaz de generar conexión alguna para transformar. Curiosamente en los estados bajos, en donde la vida suspira y nos arropa la nostalgia, es en donde surgen los procesos más hermosos que nos acompañarán y regalarán las herramientas más fértiles para acercarnos a la verdadera felicidad, ésa que conjuga las tempestades como parte esencial de la vida y que nos hace más humanos para poder seguir con humildad nuestro trayecto sacro. La felicidad sí es una decisión, sí es posible hallarla; pero conlleva trabajo y sobre todo entender que lo humano está inhabilitado para estar en un constante extremo eufórico. La verdadera plenitud está en el entendimiento de nuestra dinámica sabia y sobre todo en la capacidad de transformar los que nos toca en nuestro misterioso pero hermoso trayecto: la vida.
Hasta un próximo encuentro.

De parejas Crisis y Posibilidades

Pareciera que en nuestros tiempos el trabajo complejo de hacer pareja se ha convertido en una rara utopía, en un sueño inalcanzable que pocos logran concretar. Podría escribir millones de razones para esta palpable realidad, pero quisiera señalar en estas líneas la primordial causa, a mi juicio, de este fenómeno que no es otro que la imposición de una cultura que se inclina por lo descartable y desechable, en la que aferrarse a la disciplina y al compromiso no tiene valor alguno en nuestros días. Es más sencillo terminar y despedirse, que asumir la voluntad de ponerle el alma y las ganas para poder reparar y seguir un camino compartido. Hago esta breve reflexión para subrayar en mayúsculas que la posibilidad de hacer pareja es cierta, posible y valedera; a pesar de que en nuestros obsoletos manuales de vida ese capítulo es inexistente, ya que nuestra formación ha estado solo enfocada al aprendizaje de formalizar una familia, que quizás sea el origen de la pareja pero que en el fondo son conceptos totalmente distintos. Las crisis, incluyendo las de parejas, son fuentes extraordinarias para el crecimiento individual. Por esta razón no deben maquillarse ni mucho menos sublimarse, es necesario encenderlas con todo lo que traigan sin esperar un resultado favorable, ya que el verdadero triunfo está, sencillamente, en vivirlas. Cuando en la pareja estallan estas turbulencias debemos tener la madurez de transitarlas aunque la opción más fácil pareciera darle la espalda, lo que revela la ingenuidad máxima de creer que solucionamos el conflicto sin saber que más adelante estallará en proporciones agigantadas. En mis años de estudio profundo acerca de las parejas les puedo asegurar, que solo aquellas que han encendido una luz a mitad de la madrugada y han tenido el coraje de preguntarse qué es lo que nos está pasando, son las que han logrado salvarse y reinventarse para poder estructurar una nueva manera de estar juntos. Por supuesto esta acción requiere de un coraje que solamente un adulto puede afrontar pues sabe que los vidrios estallarán y que posiblemente el abismo del dolor nos venga a despertar de las supuestas ‟comodidades”, que el tiempo ha mantenido en silencio, pero que han abierto una brecha aún más distante entre ambos. Las crisis son encrucijadas, muy inciertas y sin garantía alguna de que en ellas esté la salvación. Sin embargo, el solo hecho de reconocerlas tendrá la contundencia de mover estructuras vencidas que abran posibilidades que van desde un reencuentro a un nuevo entendimiento o a una separación definitiva, que en ambas coyunturas siempre traerán cambios positivos, porque si algo anuncian estas turbulencias de pareja es que algo ya no da más y debemos tomar cartas en el asunto.

Estamos inmersos dentro de una cultura muy tramposa en la que el encuentro con lo ideal aparenta ser una posibilidad. Nos venden mitos que nos alejan del trabajo requerido para mantenernos con alguien; nos distraen con fantasías anestésicas que van desde los cuentos de hadas hasta las famosas tesis del alma gemela, que quizás sean ciertas pero que requieren de la voluntad y el compromiso de asumir la vida en pareja. Estas estructuras, muy adolescentes por cierto, son parte de la fragilidad del vínculo de nuestros tiempos en las cuales nada más buscamos estar bien y poco conectarnos con lo que la vida misma es: un matiz muy complejo de múltiples emociones, en donde la pareja también está incluida. La pareja es una entidad viva por ende necesita de movimiento, de cambios, de muertes y renacimientos, no parte de la anhelada estabilidad, que solo reflejaría un deceso definitivo, requiere en primer lugar de hallarse como adultos; que comulgan con la razón y el entendimiento, que en la diferencias de ambos está una vía para un tránsito compartido, con la premisa clara, que no es una necesidad complementaria la razón que nos une, sino más bien un reconocimiento de saber que puedo vivir sin ti, pero tengo la voluntad y el compromiso de querer vivir a tu lado. Las dificultades del vínculo serán parte del sendero, no es ni será fácil el recorrido, tampoco hay fórmulas exactas que nos puedan reglar un método perfecto para lograrlo. Debemos recordar que las mayorías de la relaciones de pareja nacen del encantamiento, del fantástico y apasionado encuentro, que deriva entre otras cosas del accionar químico, que todo lo nuevo siempre estimula. Ese Cupido burlón flecha la ilusión pasajera que una vez diluida en lo cierto de la vida, nos pondrá en el verdadero camino que puede llevarnos al amor, en donde ya no será el instinto apasionado el timón, sino la prudencia hábil de entender que solo el trabajo es la verdadera llama para mantenernos de la mano. La pregunta es: ¿por qué estos dos seres, en algún momento se desconocen?; la respuesta es muy fácil; sencillamente porque nunca se conocieron. El enamoramiento es muy narciso, solo exponemos nuestra mejor apariencia, por el temor a que nuestros demonios hagan que la otra persona huya de inmediato, lo que no tenemos presente es que el tiempo es implacable para desbordar nuestros demonios, que más temprano que tarde saldrán al ruedo, a expresar quiénes somos realmente. Pero en este quiebre está la verdadera posibilidad de fortalecer el vínculo, siempre y cuando la madurez tome el control para armar todo un recorrido en el que la negociación lleve las riendas para poder salir adelante.
No hay relación perfecta que no arrastre dificultades, la crisis son parte de un protocolo que estará presente, siempre abrirán un recorrido nuevo que nos ponga en la labor diaria, que nos replantee y nos ubique en la disposición firme, de entender que solo el día a día puede hacer perdurable un destino para dos. Si existen relaciones para toda la vida, pero no por sentencia e imposición divina, la psique no tiene capacidad de manejar lo no perecedero por la sencilla razón de que somos mortales y que tarde o temprano moriremos, no obstante sí tiene la capacidad de la adaptación. Por eso la invitación es despertar con la convicción de que hoy será un nuevo día, y que pondré el mayor empeño para hacerlo mejor a tu lado y abrir así un nuevo capítulo que permita llevarnos de la mano para un recorrido en este complejo pero maravilloso encuentro de vivir en pareja.
Hasta un próximo encuentro.

Papá en Mayúsculas

 

La celebración es una acción que siempre hace resonancia en la necesidad de reconocer nuestras expresiones sentimentales. Quizás en nuestra desconexión actual, en la que poco intentamos ver las revelaciones profundas del alma estás fechas sean solo un acercamiento más de complacencia cultural, que de convocatoria a un verdadero agradecimiento de lo que festejamos. Junio, como lo anuncian la mayorías de las campañas publicitarias, es el mes de Papá. Tendremos los clásicos regalos, los almuerzos domingueros y los recuerdos que siempre acompañan a lo hijos de los padres que se marcharon antes. Pero habrá un gran número de hijos que no tendrá nada que festejar este día, y me atrevo a decir que será la mayoría; sí, una mayoría silente que por supuesto preferimos no anunciar porque nos pondría en contacto con una realidad muy densa, que diagnostica con exactitud la gran pandemia de la generación actual y del mundo sin estructura que estamos viviendo. La razón fundamental: la falta de Padre. No quiero debatir en estas líneas responsabilidades y señalamientos morales, sería un tema que involucraría fenómenos culturales válidos pero que no tendrían sentido para hallar caminos correctivos. Nuestro varón actual y en consecuencia el padre, es un ser disminuido, un hombre en minúscula, devorado y castrado emocionalmente. Hoy, en este collage sociocultural que estamos viviendo, vemos roles completamente desajustados, miles de señalamientos en contra de la paternidad irresponsable, que apuntan más a un castigo que a un necesario rescate que conlleve a la posibilidad de reeducar al padre. La sociedad, la series televisas, la campañas institucionales, apuestan más a señalar la ausencia del padre, que al rescate de su valor.

Estamos conscientes de que existe esa realidad propia de nuestra cultura, pero seguir apostando a convertir al padre en un ser de nulidad absoluta, solo arrastrará a está generación al vacío estructural que ya estamos padeciendo. La violencia social y el contenido agresivo que se plasma en las entrañas de nuestros pequeños, son expresiones que identifican la pérdida de autoridad, esta desvalorización en la que vemos cómo los hijos se tragan literalmente a los padres, es la confirmación de que la normativa requerida está extraviada. Estas miles de teorías del padre moderno y amigo, rompen un orden jerárquico que establecía la columna vertebral de la formación integra de la educación. El dicho popular “cría cuervos y te sacarán los ojos”, pareciera corroborar un nuevo planteamiento psicológico que expone que esta generación hará temblar a los padres y hará de ellos seres temerosos frente a sus hijos. Requerimos más que nunca un nuevo pacto social humano, un abrazo cierto de reconciliación de géneros, pero sobre todo necesitamos volver a reconstruir a papá, a todos, a los que imprudentemente rechazaron el maravilloso privilegio y a los que han sido fustigados injustamente por una cultura que intenta negarlos. Este mes de celebración, abramos el espacio para que el padre suba a nuestro corazón en un lugar sacro, junto a las gloriosas madres. Y que ambos asuman juntos el gran compromiso de la formación de los hijos.
Construyamos en nuestros corazones a PAPÁ en Mayúsculas.

No al Malandrismo

Derivamos todas las conversaciones acerca de la crisis incomparable de nuestro país, en una interpretación reductiva que nos subraya la economía como protagonista exclusiva.

Una vez más creamos análisis simplistas que se traducen en intentos equívocos de hallar un resultado vago, de pretender saber cuándo terminará la pesadilla. Por supuesto sin atinar en lo más mínimo en sus proyecciones y predicciones.

Nuestra descomposición no es económica, la economía es solo el síntoma notorio de la metástasis profunda en la que está inmersa el país que se traduce en una anarquía moral, que no logrará alquimia alguna sin tratamiento invasivo e incluso agresivo en algunos casos.

Si bien estoy convencido de que hay un potencial humano valiente que sigue con perseverancia y lucha el sueño del rescate urgido del país, hay un gigante oscuro, aún poderoso que mantiene bajo las sombras y escombros morales a muchos venezolanos que han institucionalizado una forma de sociedad que hoy tiene nombre propio y cierto: el “malandrismo”.


Este término, de por sí antipático, sin forma gramatical válida, no define posturas políticas, no señala oficialismo ni oposición, es una forma cultural de vieja data que hoy pareciera ser parte de la identidad de muchos venezolanos, de esos que se deben escribir en minúscula, para señalarlos como referentes de esta Venezuela pequeña que de ser ejemplo en muchos años es hoy en día el drama país más notorio del planeta.

Vivo en el exterior desde hace varios años, lo cual no me quita la licencia de seguir sintiéndome venezolano, orgulloso además, porque parte de mi formación se la debo a mi país natal, renegar de esa posición sería un suicidio contra mi esencia, en cada lugar donde me presento, mi apellido sigue siendo Venezuela: Juan Diego el conferencista y motivador venezolano, así expresamente me definen.

Cuando llegué a mi ciudad de residencia, recuerdo que me inscribí en el consulado. Para ese entonces en Quito éramos unos 700 venezolanos en el Ecuador, hace unos días conversaba con un compatriota recién llegado y me dijo que las cifras ascendían a 17.000 mil registrados. No me atrevo a dar fe cierta de esta cantidad, pero sí les puedo decir que hay sectores inundados de nosotros en la capital.


Muchos son familias que con la dignidad en alto y la humildad presente, vienen tal cual refugiados de una guerra a intentar despertar en nuevos caminos para sus hijos y para ellos mismos; profesionales que consiguen cualquier trabajo y empiezan de cero con amor y disciplina. Para ellos mi abrazo amigo y apoyo gigante; emigrar es un duelo muy complejo para quienes lo ejercimos con coraje y dolor profundo al tener que dejar parte de nuestra historia atrás.

Sin embargo, están los otros, los exportados por el “malandrismo”, el vivo, el soberbio inculto, el que llega a un país sintiéndose el capo del barrio, el que trata a los nacionales con desprecio, el que señala a la gente humilde y les dice cholos e indios, el que ensucia el parque y hace parrillita con cavita, el que pone la música a todo volumen, el que matraquea con su ingeniosa viveza a gente sana, el delincuente choro, que en muchos casos fue el causante de que muchos migráramos.


Los venezolanos que vivimos y hacemos patria en otros países, los que asumimos salir de nuestro territorio, con bandera en alto, para decir que seguimos siendo una Venezuela posible, de talentos, de trabajadores, de hombres de principios, no vamos a permitir que ensucien nuestro trayecto y muchos menos que la nueva exportación sea un tapiz de lo peor de nosotros, para ser reconocidos por nuestras malas conductas, despreciables y amorales. ¡NO AL ″MALANDRISMO”!

Dejemos el Pánico

Hemos sido inundados con un torrencial de noticias que describen un cúmulo de síntomas que nos distraen de la posibilidad de despertarnos y ejercer la vida, para darle el único sentido cierto: vivirla. Nos hemos convertido en una estadística viva de pretextos para encerrarnos en un terror colectivo, que sin desmerecer su existencia poco tienen que ver con las cifras impactantes de la pandemia del adolescente siglo que no es otra que la melancolía crónica, mejor conocida como la depresión, producto del pánico cultural inducido.

Nos venden un abanico de trastornos y enfermedades que van desde el Zika hasta el Sida, recorriendo entre estos los miles de síndromes y trastornos que sin duda existen, pero que terminan siendo un gran tráfico de etiquetas para que podamos sentir que pertenecemos a algo y así aliviar la desolación infinita por el pánico que nos genera afrontar la vida, mirar hacia nuestro corazón y saber que solo bajo la disciplina del alma podremos generar alguna transformación.

Es cierto que la gente muere de estas enfermedades, pero siguen siendo minúsculas frente a causas aún más impactantes que pasan por debajo de la mesa, quizás porque estas no son tan rentables para el enfoque publicitario que se le da a los padecimientos de moda que en el fondo siguen siendo un gran negocio para la industria de los medicamentos. Hoy no sabemos si esas estadísticas incluyen la cantidad de personas que mueren también por sobremedicación o efectos secundarios de muchos químicos.

Me impacta saber que en esta avalancha de evolución, veamos continentes llenos de hambre que se contraponen a los otros millones de personas que sufren de colesterol. Me sorprende mirar cómo la sed radical del mundo asesina con la barbarie más descabellada y sangrienta, en la que el silencio cómplice se hace eco, volteando la mirada al sufrimiento colectivo. Me indigna ver una sociedad drogada, adormecida de fantasmas vivos, producto de las adicciones de nuestros tiempos; me ruboriza ver ciudades grises, teñidas de violencia institucionalizada para hacer del crimen una forma de sentenciarnos y acorralarnos; me agrede el divisionismo social como ejercicio de adoctrinamiento.

Quizás estos temas están bajo la pupila sociopolítica del mundo, pero hagamos conciencia y bajemos las dosis de hipocresía para darles un enfoque humano y exponer las verdaderas cifras de nuestra tragedia a ver cuáles son los resultados. Si en verdad la gente está muriendo de trastornos clínicos o más bien están muriendo por dejar de vivir y tener que transitar en el colapso de terror en el cual nos han sumergido.

Un mundo con miedo es una hipertrofia emocional sin capacidad alguna de hallar pasos para transformaciones que despierten la conciencia. Es hora de abrir un espacio de coraje activo y empezar cada uno de nosotros a tallar un mejor destino.


¡Dejemos el pánico!

 

Integrar y Restaurar

 El principal maestro de los hombres en las acciones de la vida es el infortunio.Licurgo (800 a. C.-730 a. C.) Legislador de Esparta.

El camino que impulsa el destino sigue siendo el abordaje existencial que nos traza a todos. Si bien es cierto que la vida es un ciclo común, las expresiones de ella varían en cada ser humano dependiendo de la actitud con la que se admitan los acontecimientos.
Vivir bajo la mirada inocente de pretender el sendero ligero, es una imprudencia con la cual no tengo intensión de comulgar. La vida es un recorrido complejo que inevitablemente tropezará con lo necesario para transformarnos, eventos que poco nos gustarán pero que incorporan el manual estratégico para hallar en ellos la verdadera llave hacia una felicidad palpable y no ingenua e inalcanzable como la que nos pretenden vender.
Todo lo acontecido tiene la fuerza de hallar un proceso que nos permita elaborar alternativas. Si dichos eventos son evadidos con la pretensión de querer ser olvidados, se convertirán en fantasmas vivos que harán su labor continua de llevarnos al vacío del sufrimiento para convertirnos en depresivos silentes, esos que viven muriéndose cada día con el argumento repetitivo de que lo acontecido es una herida abierta que no tiene sanación.
La pregunta pertinente sería: ¿todo se sana en la vida? La respuesta precisa es SI.

Sanar no tiene nada que ver con superar, estoy de acuerdo que habrá episodios que no podrán ser superados jamás, pero estos no tienen que desembocar en el sufrimiento patológico, sino mas bien deben ser incorporados con el duelo requerido para que se constituyan en parte de nuestro sistema y no en enemigos infecundos que nos priven de la alternativa de seguir en la dinámica de la vida que siempre es hacia adelante.
Solo aquellos que han encontrado un sentir franco en el sufrimiento y han ejercido el para qué de lo acontecido, han despertado en conciencia y han logrado mantener el sentido de la vida con coraje y sonrisa.
Es por esta razón que integrar todo lo vivido es un proceso de digestión emocional que dejará siempre nutrientes llenos de herramientas para elaborar el destino con mayor sabiduría y así poder hacer las restauraciones pertinentes para transformar cualquier circunstancia en fe y optimismo funcional.
Nadie dijo que será una labor sencilla. Las espinas harán siempre su labor de conducirnos al dolor sabio, ese que abre de par en par el amor del alma, el que perdura con matices, con grises, tristezas, pero que equilibra la vida con inteligencia para llevarnos al final del túnel a la luz más espléndida.
Les regalo estos dos verbos, para que los acompañen en este nuevo año, integremos y restauremos, les aseguro que con ellos tendremos la llave maestra para saber que pase lo que pase, la vida siempre vale la pena.
Hasta un próximo encuentro.

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NUESTRO LIBRO

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